NUESTRA OPINIÓN ACERCA DE NOSOTROS
MISMOS Y DEL MUNDO
Acuerdo entre la opinión y la conducta. El error de la generalización
prematura. El plan de vida que antecede a la aparición del lenguaje.
Analogía entre conducta animal y neurótica. Desconocimiento del propio
estilo de vida. Psicologías de la posesión y del uso. Valor limitado de las
reglas. La opinión del niño mimado y la del niño poco amado. Graves
consecuencias de la opinión errónea. Resistencia de la opinión neurótica
a los shocks anímicos.
No cabe, a mi entender, la menor duda de que toda persona se conduce en
la vida como si poseyera una opinión determinada sobre sus propias
energías y facultades, como si, al emprender una acción cualquiera, tuviese
una idea clara de las facilidades o dificultades que dicha acción podrá
ofrecerle. En una palabra que su conducta nace de su opinión. Esto no debe
sorprendernos, puesto que a través de nuestros sentidos no logramos captar
los hechos del mundo circundante, sino una representación muy subjetiva,
un lejano reflejo. Omnia ad opinionem suspensa sunt. Esta frase de Séneca
debiera tenerse presente en toda investigación psicológica. Nuestra opinión
sobre los hechos importantes y trascendentales de la existencia depende de
nuestro estilo de vida. Sólo al chocar directamente con hechos susceptibles
de contradecir la opinión que de ellos nos habíamos formado, nos
mostramos dispuestos a corregir, siquiera sea parcialmente, nuestro
parecer. Nos dejamos influir en estos casos por la ley de la causalidad, sin
modificar notablemente la opinión general que nos hemos formado
respecto de la vida. De hecho, la reacción experimentada por nosotros
frente a una serpiente que nos saliese al paso sería en absoluto idéntica
tanto si se tratase de una serpiente venenosa como si sólo la creyésemos tal.
El niño mimado, al dejarle su madre solo en casa, se comporta en su
angustia del mismo modo tanto si se halla frente a ladrones verdaderos
como si sólo teme encontrarse con ellos. En todo caso, perseverará en su
opinión fundamental de que no puede prescindir de la presencia de la
madre, aun cuando los hechos demuestren lo infundado de su miedo. Una
persona que, padeciendo agorafobia, evita salir a la calle, porque tiene el
sentimiento y la opinión de que el suelo tiembla bajo sus pies, no se
conduciría de otra manera, teniendo buena salud, si el suelo temblara
realmente a su paso. El atracador a quien repugna el trabajo útil porque, no
preparado para la colaboración social, considera erróneamente más fácil el
robo, demostraría la misma repugnancia por el trabajo si éste fuese
realmente más fácil que el crimen. El suicida parece convencido de que la
muerte es preferible a la vida que ya no le brinda, a su modo de ver,
ninguna esperanza; de manera semejante actuaría si la vida estuviera
verdaderamente desprovista de toda esperanza. El toxicómano halla en el
tóxico un alivio que él estima en más que la honrosa solución de sus
problemas vitales. No observaría otra conducta si ello fuese realmente así.
Al homosexual no le atraen las mujeres, a las cuales teme, mientras que le
seduce el hombre, cuya conquista se le antoja un triunfo. Todos parten de
una opinión que, si fuera exacta, haría aparecer su conducta como la
verdaderamente adecuada a las circunstancias.
Examinemos el caso siguiente. Un abogado de treinta y seis años perdió todo gusto
por su profesión. No alcanzaba éxito alguno, y atribuía su fracaso al hecho de producir
mal efecto a los pocos clientes que le visitaban. Siempre le había costado mucho abrir
su alma a los demás y se mostraba habitualmente tímido, particularmente ante las
muchachas. Su matrimonio, que llegó a contraer tras largas vacilaciones y casi a su
pesar, terminó, transcurrido un año, con el divorcio. Ahora vive retraído por completo
del mundo, junto a sus padres, que deben atenderle en casi todas sus necesidades.
Es hijo único y había sido mimado de un modo increíble por su madre, que
constantemente se ocupaba de él. Esta señora consiguió persuadir a su padre, y al
mismo hijo en su infancia, de que éste llegaría a ser algún día un hombre sobresaliente.
El niño fue creciendo con esta esperanza, que pareció confirmada, al principio, por sus
brillantes éxitos escolares. La masturbación se inició en él muy precozmente, como
suele acontecer en los niños mimados incapaces de renunciar a ningún deseo. El vicio
llegó a apoderarse tanto de él, que le convirtió muy pronto en blanco de las burlas de
sus condiscípulas y amigas. Esto fue causa de que se apartara por completo de ellas,
entregándose en su aislamiento a triunfales fantasías sobre el amor y sobre el
matrimonio. La única persona por la cual sentía atracción era su madre, a quien llegó a
dominar completamente, y a la que incluso hizo objeto, durante mucho ticmpo, de sus
fantasias sexuales.
En este caso se confirma con bastante elocuencia que el pretendido
complejo de Edipo no es un fenómeno básico, sino más bien un pésimo
producto artificial del excesivo mimo de la madre y que se pone más de
manifiesto cuando el niño o muchacho se siente, en su extraordinaria
vanidad, burlado por las chicas y carece de suficiente sociabilidad para
buscarse otras relaciones. Poco antes del término de sus estudios y ante la
necesidad casi apremiante de tener que ganarse la vida, enfermó nuestro
joven de melancolía, es decir, se batió una vez más en retirada. Había sido
siempre un niño miedoso, como lo son todos los niños mimados; rehuía el
trato con personas extrañas y, más tarde, incluso con sus propios
compañeros de uno y otro sexo. Ahora rehuía también su profesión, actitud
que, en forma un tanto moderada, ha persistido hasta la actualidad.
Me limitaré a estos datos principales, pasando por alto los numerosos
acordes de acompañamiento: los motivos, los pretextos y las excusas, y
todos los demás sintomas morbosos con que trataba de asegurar su
retirada. Una cosa es patente: que tal individuo nunca había cambiado su
estilo de vida. En todo quería ser el primero y siempre se batía en retirada,
en cuanto se le antojaba dudoso el éxito. Para sintetizarla en una sola frase,
podríamos formular como sigue su opinión sobre la vida (tal como la
adivinamos nosotros, pues él no hubiera llegado nunca a tener conciencia
de ella): Puesto que el mundo se opone a mi triunfo, me retiro. Es
innegable que como persona que ve su propia perfección en el triunfo sobre
los demás, ha obrado correcta e inteligentemente. En la ley de vida que se
había impuesto a sí mismo, no encontramos lo que se llama razón o sentido
común, y sí, en cambio, lo que nosotros denominamos inteligencia privada.
Una persona a la que la vida hubiera realmente negado todo valor,
difícilmente podría actuar de otra manera.
Muy parecido, aunque con otra forma de expresión y una tendencia menos
pronunciada hacia el aislamiento, es el caso siguiente: Un individuo de unos
veintiséis años había crecido junto a dos hermanos por quienes la madre parecía mostrar
más preferencia. Nuestro hombre seguía con celosa atención los notables éxitos de su
hermano mayor, no tardando en adoptar una actitud crítica frente a la madre y en buscar
un apoyo en el padre. (Tal orientación representa siempre una segunda fase en la vida de
un niño). Su aversión a la madre se hizo pronto extensiva a todo el sexo femenino, y
ello debido a las insoportables costumbres de la abuela y de la nana. Su ambición de
dominar sobre otros hombres y de no ser dominado por ninguna mujer, creció de un
modo extraordinario. Trató, por todos los medios, de atajar la superioridad de su
hermano. Como éste le excedía en fuerza física, en la gimnasia y en la caza, llegó a
detestar los ejercicios corporales, que excluyó por completo de la esfera de sus
actividades, exactamente de la misma manera como había empezado por excluir a las
mujeres. No le atraían sino aquellas actividades que le proporcionaban una sensación de
triunfo. Durante cierto tiempo amó y admiró a una muchacha, pero sólo a distancia, lo
que sin duda no fue del agrado de ésta, que acabó por otorgar sus favores a otro
pretendiente. El hecho de que su hermano mayor viviera dichoso en su matrimonio, le
llenó de temor de no llegar a ser nunca tan feliz y de desempeñar un papel inferior a los
ojos del mundo, análogamente a lo que le había ocurrido con su madre durante la
infancia. Un solo ejemplo bastará para demostrar cuánto ansiaba disputar a su hermano
el primer puesto. Cierto día su hermano trajo a casa, al regreso de una cacería, una
valiosa piel de zorro de la que mostróse muy ufano; pues bien, nuestro amigo cortó a
escondidas la blanca punta de la cola para malograr así el triunfo del otro. Sus impulsos
sexuales se encaminaron forzosamente en el único sentido que aún le era viable después
de excluir de su vida a las mujeres; su actividad relativamente intensa dentro de un
reducido marco de posibilidades le llevó inevitablemente al homosexualismo. No era
difícil descifrar su opinión del sentido de la vida: Para mí, vivir quiere decir que, en
todo cuanto emprenda, he de ser el primero. Para lograr esta pretendida superioridad
iba excluyendo de su vida todas aquellas actividades cuya realización triunfal no le
parecía de antemano segura. El descubrimiento de que, en sus relaciones homosexuales,
también el otro se atribuía la victoria fundándola en su mágico poder de atracción, fue el
primer amargo descubrimiento que efectuó en el curso de nuestras conversaciones.
También en este caso se puede afirmar que la inteligencia privada ha
funcionado de modo impecable y que la mayoría de los seres humanos
seguiría parecidos rumbos si, en general, las mujeres rechazaran realmente
a los hombres. La gran inclinación a generalizar constituye, de hecho, un
error básico, extraordinariamente frecuente en la estructuración del estilo
de vida.
El plan de vida y la opinión se complementan mutuamente. Uno y otro
arraigan en un período de la vida en que, si bien el niño es aún incapaz de
formular en palabras y conceptos claros las conclusiones que extrae de sus
vivencias, no lo es para empezar a desarrollar formas más generales de
conducta partiendo de conclusiones informuladas, de vivencias a menudo
triviales o de inexpresadas experiencias intensamente emocionales. Estas
conclusiones generales y sus correspondientes tendencias, aunque formadas
en un período en que el niño carece de palabras y conceptos, no dejan de
ejercer una activa influencia sobre los ulteriores periodos de la vida,
cuando el sentido común interviene ya más o menos correctivamente a fin
de evitar que el adulto se apoye demasiado en reglas, frases y principios.
Como más adelante veremos, la emancipación de estos exagerados intentos
de apoyo y de afianzamiento -expresiones de una intensa sensación de
inseguridad e insuficiencia- se debe al sentido común, secundado por el
sentimiento de comunidad (Gemeinschaftsgefühl). La observación siguiente
(que puede hacerse con frecuencia) nos demostrará que incluso en los
animales podemos encontrar el mismo desenvolvimiento defectuoso. Un
perro joven fue enseñado a seguir a su amo por la calle. Estaba ya bastante
adiestrado en este cometido cuando un día se abalanzó contra un automóvil
en marcha y fue arrojado a un lado sin sufrir daño alguno. Esto constituyó
seguramente una experiencia excepcional, frente a la cual el perro no
disponía de ninguna respuesta instintiva. Resulta difícil hablar de un reflejo
condicionado para explicar el hecho de que el perro en cuestión continuase
haciendo progresos en su adiestramiento, pero evitando a toda costa el
lugar en que el accidente se había producido. No tenía miedo a la calle, ni a
los vehículos, sino al lugar del accidente, y así llegó a una conclusión
general parecida a la que en algunos casos establecen ciertos seres
humanos: El responsable del accidente es el lugar y no el propio descuido o
inexperiencia. Y, en tal lugar, siempre amenaza algún peligro.
Tanto el perro como las personas que proceden de manera análoga
perseveran en su opinión, porque, con esto, consiguen por lo menos una
cosa: no volver a sufrir daño ni perjuicio en aquel lugar. Muy a menudo en
la neurosis hallamos figuraciones semejantes, mediante las cuales intenta el
hombre protegerse contra una posible derrota o contra una disminución de
su sentimiento de personalidad, aceptando y explotando un síntoma -físico
o psíquico- originado por su excitación emocional ante un problema que,
equivocadamente, ha juzgado insoluble. Con esto se justifica para poder
batirse en retirada.
Es evidente que lo que en nosotros influye no son los hechos concretos,
sino tan sólo nuestra opinión sobre ellos. Nuestra mayor o menor seguridad
de que nuestras opiniones corresponden a los hechos reales, radica por
completo y más aún en los niños inexpertos o en los adultos asociales- en la
propia experiencia, siempre insuficiente, así como en la falta de
contradicción entre nuestras opiniones y en el resultado de las acciones que
de ellas se derivan. Es fácil comprender que estas opiniones son
frecuentemente insuficientes, sea porque el sector de nuestra actividad
resulta limitado, sea porque los pequeños errores y contradicciones suelen
ser eliminados sin esfuerzo y hasta con el auxilio de nuevas faltas que
remedian mejor o peor las anteriores, todo lo cual contribuye a mantener,
de un modo permanente, el emprendido plan de vida. Únicamente los
fracasos mayores obligan a reflexionar con mayor agudeza. Pero esto sólo
da resultados positivos en aquellas personas que, sin objetivos fijos de
superioridad, aspiran a resolver los problemas de la vida en fraternal
comunidad con los demás hombres.
Así llegamos a la conclusión de que cada individuo tiene su opinión acerca
de sí mismo y acerca de las tareas de la vida; de que obedece a un plan de
vida y a una determinada ley de movimiento, sin que él mismo se dé cuenta
de ello. Esta ley de movimiento se origina en el ámbito limitadísimo de la
niñez y se desenvuelve dentro de un margen de elección relativamente
amplio mediante la libre disposición -no limitada por ninguna acción
matemáticamente formulable- de las energías congénitas y de las
impresiones del mundo circundante. La orientación y explotación de los
instintos, impulsos e impresiones del mundo circundante y de la educación
es la obra de arte del niño, que no ha de ser interpretada desde el punto de
vista de una psicología de posesión (Besitzpsychologie), sino de una
psicología de uso o de utilización (Gebrauchspsychologie). El hallazgo de
tipos, analogías y coincidencias es, por lo general, o un producto de la
pobreza del idioma humano -incapaz de expresar fácilmente las diferencias
de matiz que siempre existen-, o el resultado de una probabilidad
estadística. Su aparición no debe en ningún caso servir de pretexto para
establecer reglas que nunca pueden proporcionarnos la comprensión del
caso concreto, sino a lo sumo proyectar cierta luz en el campo dentro del
cual es preciso encontrar el caso concreto en su individualidad. La
comprobación de un sentimiento de inferioridad muy acusado, por ejemplo,
no nos dice aún nada acerca de la índole y de las características de un caso
concreto, ni mucho menos nos indica la más mínima deficiencia en la
educación recibida o en las relaciones sociales. En la conducta del
individuo frente al mundo que le rodea, se presentan siempre en forma
distinta, como fruto de la conjunción entre la fuerza creadora del niño y la
opinión que de ella depende, siempre distinta en el plano individual.
Unos cuantos ejemplos esquemáticos servirán para aclarar lo que llevamos
dicho. Un niño que sufra desde su nacimiento molestias gastrointestinales -
a causa, por ejemplo, de una minusvalía congénica del aparato digestivo- y
que, sin embargo, no recibe la alimentación adecuada -lo que quizá no
pueda lograrse nunca con una perfección ideal-, fácilmente sentirá un
especial interés por la alimentación y por todo cuanto esté relacionado con
ella (véase Alfred Adler, Studie über Minderwertigkeit der Organe und
ihre seelische Kompensation, Estudio sobre las minusvalías orgánicas y su
compensación psíquica). Su opinión acerca de sí mismo y acerca de la vida
está, por consiguiente, más íntimamente ligada con el interés por la
alimentación, combinado, más tarde, con el interés por el dinero, una vez
reconocida la relación entre ambas cosas, lo cual, como es lógico, debe ser
estrictamente comprobado en cada caso particular.
Un niño a quien la madre haya evitado todo esfuerzo desde los comienzos
de su vida, esto es, un niño mimado, muy raras veces se mostrará dispuesto
a poner sus cosas en orden por sí solo. Y esto, con otros síntomas paralelos,
nos autoriza a decir que el niño en cuestión vive en la opinión de que todo
deben hacerlo los demás. En este caso, como en los demás que seguiremos
enumerando, no puede ser emitido un juicio certero sino tras muy amplias
comprobaciones. En el niño a quien se facilite desde su tierna infancia,
ocasión para imponer su voluntad a sus padres, no será difícil adivinar el
propósito de querer dominar siempre en la vida a todos los demás. Mas esta
opinión, a tropezar, como suele ocurrir, con experiencias opuestas en el
mundo exterior, dará lugar a que el niño acuse una actitud vacilante frente
al medio ambiente (véase Alfred Adler, Praxis und Theorie der
Individualpsychologie, Teoría y práctica de la Psicología Individual,
Bergmann, Munich, 4a. edic.) y a que circunscriba todos sus deseos -a
veces incluso sexuales -al recinto de su propia familia, sin llevar a cabo la
oportuna corrección en el sentido del sentimiento de comunidad. Un niño
que, desde sus primeros años, sea educado en un amplio espíritu de
colaboración y en la medida de su capacidad, intentará la solución de todos
los problemas de la vida de acuerdo con su opinión acerca de la verdadera
vida social -siempre que no se halle en presencia de tareas sobrehumanas 2 .
Así podrá ocurrir que una niña cuyo padre sea injusto y descuide a su
familia, forme la opinión de que todos los hombres son iguales, sobre todo
si se añaden a las vivencias habidas con el padre otras análogas,
experimentadas en el trato con un hermano, con parientes, vecinos o,
sencillamente, en la lectura de novelas. Otras experiencias de orden
contrario apenas tienen ya importancia, si la primera opinión tiene cierto
arraigo. Si a un hermano se le destina a estudios superiores o a una carrera
importante, este solo hecho podrá conducir a la opinión de que las niñas
son incapaces de recibir una cultura superior, o de que son excluidas de
participar en ella. Si uno de los niños de una familia se siente postergado o
desatendido, esto puede conducirle a una intimidación cada vez mayor,
como si quisiera decir con su actitud: Está visto que siempre tendré que ser
el último. Pero puede ocurrir, asimismo, que caiga en una enfermiza
ambición que le empuje irresistiblemente a superar a los demás y a no
permitir que nadie sobresalga. Una madre que mime con exceso a su hijo
puede dar lugar a que él se forme la opinión de que para convertirse en
personaje principal le bastará sólo con quererlo, sin necesidad de obrar en
2 El hecho de que incluso personas a quienes vimos estudiar durante largos años
nuestra Psicología individual opinen que estas comunidades deben ser concebidas como
actuales, en lugar de hacerlo subspecie aeternitatis, demuestra que el nivel de nuestro
sistema psicológico es para ellas demasiado elevado.
consecuencia. Si, en cambio, la actitud de la madre frente al niño es de
constante censura y de inmotivadas reprimendas, quizá acompañadas de la
preferencia por otro hijo, el niño en cuestión mirará más tarde con
desconfianza a todas las mujeres, lo cual puede tener innumerables
repercusiones. Si un niño es víctima de numerosos accidentes o
enfermedades, puede ocurrir que desarrolle, sobre la base de tales
vivencias, la opinión de que el mundo está poblado de peligros y que se
conduzca de acuerdo con ella. Lo mismo puede suceder, aunque con
matices diferentes, si la tradición familiar impone al niño una actitud de
desconfianza y de miedo frente al mundo.
Es evidente que estas mil diversas opiniones pueden estar en flagrante
contradicción con la realidad y con sus exigencias sociales. La opinión
equivocada de una persona acerca de sí misma y de las exigencias de la
vida, tropezará más tarde o más temprano con la insoslayable realidad, que
exige soluciones que estén en armonía con el sentimiento de comunidad.
Los efectos de un choque tal pueden ser comparables a los de un shock
nervioso. Mas no por ello quedará desvanecida o corregida la opinión del
equivocado reconociendo que su estilo de vida no resiste suficientemente a
las exigencias del factor exógeno. La tendencia hacia la superioridad
personal sigue imperturbablemente su camino y no le queda al individuo
más recurso que limitarse a un área más pequeña, excluir de su existencia
el peligro que amenaza con hacer fracasar su estilo de vida y abandonar esa
tarea para cuya solución no halla en su ley de movimiento la necesaria
preparación. Pero, en cambio, el efecto del shock se manifiesta lo mismo en
lo psíquico que en lo corporal. Desvaloriza los últimos restos del
sentimiento de comunidad y engendra en la vida todo ese imaginable
género de fracasos que derivan de las continuas retiradas a que el shock
obliga al individuo -como ocurre siempre en las neurosis-. Si todavía queda
en él un asomo de actividad, que en ningún modo significa arrojo, hará que
se deslice por senderos antisociales. Con todo, es evidente que la opinión
constituye la base de la idea que el hombre se forma del mundo y
determina su pensar, su querer, su obra y su sentir.










